domingo, 24 de junio de 2012


vosotros tumbareis

se te incrustan en el pecho
no sabés por qué, 
pero sí sabés que tiene que ver con tu nombre.
como un juego de encastre:
un sonido, un color, un niño, un viejo, una pluma en tu ventana
acoplándose, encajándose,
en los huecos del pecho.
recordándote que.

podés estar en el medio de la calle,
no les importa, te tumban.
hay que tener cuidado
con los nombres.

jueves, 24 de mayo de 2012

Reloj

En la habitación se detuvieron las agujas del reloj que colgaba de una pared. Quien lo había comprado años atrás dormía en la cama que estaba junto a la ventana. El reloj era cuadrado, marrón y de plástico: “chino”. Aires bovaristas poco decorosos enfundaban sus agujas con un papel metálico plateado, y trazaban, con notable vagancia, una serie de vetas irregulares que pretendían imitar la madera. Como si todo esto fuese poca humillación para la industria relojera, las agujas castañeteaban al marchar, y no me refiero al legítimo “tic-tac”, sino a un sonido estridente sin traducción convencional, parecido a: “chiquichik-chak”. Haremos un paréntesis histórico aquí para que el lector pueda dimensionar la aparente minucia que hemos descrito. Desde los inicios de la historia del reloj, allá por 1300, el sonido esperable siempre ha sido el mismo: “tic-tac”. Y esto no es un mero capricho conservadurista, la maquinaria interna de un reloj mecánico es un mecanismo de suma complejidad, y la limpieza del sonido que emite es un fiel retrato del ajuste de dicha maquinaria. Es por esto que un reloj fue por mucho tiempo una obra de arte. Y es por esto que los relojes a pila aún emiten aquel sonido característico: para mantener vivos los momentos adversos de su historia, conservar la identidad, y esas cosas que pasan en todas las comunidades. Además, el asentamiento de este sonido permitió a los seres humanos habituar el oído, y posteriormente el cerebro, pudiendo así dormir en su presencia sin que el inagotable compás alborote el sueño.
Esta digresión no sólo explica la calaña del reloj que protagoniza nuestro relato, sino que además explica algo crucial. Debido a las características del sonido en cuestión, a nuestro joven le llevó más tiempo del promedio iniciar los procesos de habituación mencionados, por lo que, en este caso, el repentino “no-castañeteo” de las agujas funcionó como despertador. Fue el silencio el que envió una señal de advertencia al interior del sueño que el muchacho que compró el reloj estaba soñando. De repente todo allí dentro enmudeció, y al despertar notó, no sólo que las manecillas estaban quietas, sino que todo a su alrededor descansaba en un profundo silencio. Pensó en levantarse y hacer lo de siempre para no dar importancia a la sensación fría que se le acababa de instalar en el pecho. Cuando se dispuso a hacerlo, retiró las sábanas, pero éstas no hicieron su típico frufrú, se puso las pantuflas, y éstas no rozaron entre sí, ni rechinó el suelo de madera cuando dieron su primer paso. Luego de algunos minutos de parálisis, y con un leve temblequeteo en sus manos y un brillo de transpiración en el rostro, nuestro protagonista desvió la dirección de sus pasos hacia el escritorio. Se sentó, mientras un pensamiento flotaba en el aire “quién se cree este venir a instalarse así en mi pieza”. Con un gesto de resignación tomó lápiz y papel, y como si escribiera algo que nítidamente se leía en un papiro del otro lado de su pecho, dibujó las siguientes palabras:

”el cosquilleo de las pestañas
cuando se arrima mi mirada
a tus ojos-tobogán”

Luego de separarse con desdén del papel y el lápiz, y como cualquier lector podrá anticipar, nuestro muchacho se dirige hacia la puerta con aires de abandonar la habitación, da un portazo y chiquichic-chak, todo a su lugar.

jueves, 19 de abril de 2012

recordando dónde soy


las imágenes hechizan, 
poco hay para ver 
cuando los pies andan 
un camino 
que aún no es.

lunes, 2 de mayo de 2011

(...)

La imagen que he visto hoy ha dejado una sensación en mi pecho, que aunque aguijonera, ruego no se (me) disipe.

Una sensación con forma de llave.

lunes, 25 de octubre de 2010

Tacacoma

Había algo en el aire atravesando las quenas norteñas, algo en la fuerza del golpe en los bombos, algo en la pasión de los dedos despeinando las cuerdas del charango. Una y otra vez los pelos de mis brazos desperezándose, alzando carteles que no alcanzo a leer. Desde la cal de las paredes de la urbe que me alejan incansablemente del viento de los cerros vírgenes, escucho que es la libertad la que estalla en la garganta de quien canta, en el cuerpo de quien baila, en el cuero del tambor. Yo testigo queriendo entremezclarme en ese ritual de liberación, en el que los más oprimidos se vuelven pájaros, dejando obsoletos y suspendidos los metales que hemos dado en llamar monedas. Yo testigo, acepto la invitación y exilio por un instante mis opresiones. Sobrevuelo lo cotidiano, me sobrevuelo. Los pelos de mis brazos subvertidos se despeinan en esa casi mística comunión de libertad.

sábado, 27 de febrero de 2010


Buenos Aires

El humo salía de su boca mientras esperaba en el semáforo con su carro lleno de almohadones viejos cargados de historias ajenas. Él dejaba que el peso de las dos grandes barras de hierro que sostenían el carro descansase sobre sus hombros. No había caballo. Había un hombre flaco. Fumaba sin manos (las manos aseguraban las barras a los hombros), echando el humo mediante un malabar labial: presionar el cigarro ligeramente para poder, a la vez, expulsar el humo. Verde en el semáforo, aprieta el cigarrillo y avanza. La avenida que debe cruzar es ancha, su cuerpo se achica aun más con tan burlona proporción. Pero la mirada no duda, es dura, tiesa, como si estuviese siguiendo una línea recta, como si apremiase llegar a algún sitio con los restos de ese viejo sofá. Esos almohadones cansados no podrán descansar de que sean otros los que descansen sobre ellos. Nadie oye los gritos de piedad de un sillón aturdido de chismes y testigo de revolcones. El paso apurado del hombre agita las telas rasgadas de los pasajeros del carro, el movimiento de una de ellas metaforiza muy bien el de una agonizante lengua afuera. La seriedad del paso del hombre flaco que fuma sin manos combate eficazmente hasta la más tenue intención de tocar bocina.

lunes, 14 de diciembre de 2009


el mundo habitado


en este mundo no hay finales de teatro, con los actores reunidos aplaudiendo al final de la obra. hay más bien la noche, casa de ausencias. hay memoria débil de gestos únicos. melodías que regresan solitarias. tardes sin. viajantes que abren sus valijas, desnudando conjuntos irrepetibles de objetos, aromas y cielos. para luego cerrarlas, dejando algo que ya no se irá jamás. entre la ausencia y la presencia, los vestigios de cada visitante reaparecen con soberbia en los objetos donde moran.
es entonces que el mundo está habitado. y si bien hay vacancias, los lugares se ocupan de un modo imperativo, son ocupados, sin elecciones, sin conseciones, sin dramaturgia. es entonces que hay historia, y no obra.

todo lo que puedo ver todo lo que puedo ver es un territorio plagado de objetos, hilos, colores y figuras extrañas moviéndose, acercándose...